The show must go on

 

El enfermero me ha acompañado a una sala minúscula con un sillón reclinable y una mesita de acero inoxidable con una jarra de agua encima. Me pide que me siente y me tumbo cogiendo una posición cómoda, que me permite relajarme. Al rato vuelve con un extraño aparato que conecta a la vía que me han puesto antes en el brazo. Con un pequeño movimiento sobre dicho aparato me introduce en el cuerpo la cantidad de Fluorodesoxiglucosa acorde a mi peso. Cuando termina, sale corriendo como alma que lleva el diablo. Anteriormente me ha explicado que debo estar relajado durante al menos 45 minutos y beberme toda la jarra de agua. Nada de teléfono móvil ni ningún tipo de conexión con el exterior. Durante las siguientes 12 horas no podré acercarme a niños ni mujeres embarazadas. Me he convertiré durante esas 12 horas en un pequeñito emisor de radiactividad, gracias al radio fármaco que me han inyectado. Cuando se va sólo queda una tenue oscuridad, silencio, el vaso de plástico y la jarra con agua.

Pasa el tiempo lentamente, no puedo dormirme. Trato de distraer la mente en los pensamientos más disparatados. No estoy nervioso, ni tengo miedo. Me mantengo en un estado de inconsciencia voluntaria, tratando de pensar que todo esto que pasa no va conmigo. Esta inconsciencia me defiende a ratos de mantener pensamientos que minen mi día a día.

Al rato llega el enfermero y manteniendo siempre una separación de al menos 3 metros de mí me pide que le acompañe a la sala del PET TAC, no sin antes pasar por el baño para aliviar parte de los dos litros de agua que me he bebido. Me siento un zombi, al que todas las batas blancas rehúyen. Pero simplemente soy un paciente infiltrado con un radiofármaco.

El PET no es otra cosa que una Tomografía por Emisión de Positrones y permite estimar los focos de crecimiento celular anormal en todo el cuerpo, así como conocer la respuesta del mismo al tratamiento. Para ello se usa el radio fármaco que anteriormente describí, de modo que dicho contraste se concentre en las zonas donde exista actividad anormal. Eso, visto en la “foto”, permite al técnico de medicina nuclear determinar si existe o no respuesta al tratamiento.

La máquina es como la de los TAC que ya conozco. Desde un cristal tres personas con batas blancas me dan las instrucciones para que me coloque dentro de la “lavadora”, como la llamo yo. Me tumbo y empieza la exploración. El anillo interior de la lavadora comienza a dar vueltas, emitiendo imágenes de cortes de mi cuerpo como si fuera un chóped. Tumbado, brazos arriba, la posición comienza a ser incómoda a los quince minutos. No puedo moverme, y empiezo a sentir lo que debe ser los comienzos de claustrofobia. Me concentro todo lo que puedo en no moverme, no es cosa de fastidiar el PET, no tengo ganas de volverme a sentir un paciente infiltrado. Por fin, pasada más de media hora he terminado.

Me dicen desde detrás del vidrio que me puedo marchar, que los resultados me los comentará mi doctora.

Lo saben. Yo sé que ellos ya lo saben. Allí detrás del vidrio ya saben qué paciente está bien y qué paciente lo tiene jodido. Por supuesto, entiendo que ellos se limiten a facilitar los datos a los doctores de cada paciente, siendo éste último el que interprete y decida. Pero sé que ellos lo saben. Intento mirarles a los ojos directamente, escudriñando una mirada un mensaje que me diga algo. Incluso intento leerles los labios cuando miran al monitor, pero vuelven a repetirme que puedo abandonar la sala. Habrá que esperar.

Paseo mis 12 horas radiactivas por los menos lugares posibles. Bea y los niños pasan la cuarentena en casa de su hermana, y yo me limito a escoger el taxista de más edad que puedo para que me lleve a casa. No es cuestión de radiar a un jovencito. No pasa nada, pero nunca se sabe. Menos mal que cuando llego a casa me concentro fácilmente en el trabajo y paso esas horas entretenidas.

Tengo que esperar 10 días para ver a la doctora y me de los resultados. Con la Semana Santa, y unas merecidas vacaciones de por medio, unidas a mi inconsciencia voluntaria los días pasan rápido y felices. Estoy caso seguro de que todo va a salir bien, pero siempre quedan resquicios de preocupación por lo que pueda venir. Me imagino cienes de veces el momento en que entramos en la consulta de la doctora y las palabras con que nos transmite un buen o un mal resultado. Al final estos pensamientos nunca se ajustan a la realidad, pero no puedo evitarlos.

Por fin llega el día D, la hora H. Bea está nerviosa, yo también y cuando estoy nervioso no me gusta hablar, pero Bea cuando está nerviosa sí, así que como ya está acostumbrada se limita a comentarme los últimos acontecimientos de la vida familiar sin esperar que yo le responda mucho. Me gusta que me conozca y respete/aguante mis manías, no me ha dejado ni un momento sólo estos seis meses y eso es algo que va más allá del amor o del querer.

Para empezar la doctora se ha mudado a la consulta contigua, así que todo lo que me había imaginado que pudiera pasar, ya se ha venido al traste, el escenario no es el mismo. Se cumple mi teoría de que jamás las cosas suceden como te las imaginas.

Nos llaman y entramos decididos.

                Han sido meses duros. Difíciles. Y que los siguientes meses lo continúen siendo dependen de esa sucesión de ceros y unos que una máquina que lonchea el cuerpo humano emite a través de un cable a una pantalla de ordenador que un técnico en medicina nuclear tras años estudiando la carrera y formándose en un hospital, interpreta.

                Bueno, oficialmente estás en revisión. Esa es la segunda frase que la hematóloga nos comunica después de darnos los buenos días. Automáticamente mi mente desconecta, se desenchufa y no puedo más que ver a la doctora mover los labios sin oír nada de lo que dice. Mi mente es un montón de pensamientos atorados que explotan y se chocan unos con otros. Son pocos segundos, pero al rato me recupero y consigo pedir perdón a la doctora para que vuelva a repetir todo aquello que ha dicho después de la palabra revisión.

                Está todo bien, el PET TAC me ha sacado todos mi achaques, pero de momento no hay rastro del Linfoma. En varios momentos estoy a punto de llorar pero me reprimo. Lo siento, sé que muchas veces me esfuerzo demasiado en mantener este rostro hierático que no puedo evitar, pero por dentro soy una catarata de emociones divididas.

                Salimos de la consulta y nos fundimos en un abrazo. Yo todavía estoy un poco en shock. Siempre me ha costado reaccionar a la primera. Los momentos que siguen son igual de difíciles de explicar que los que precedieron cuando me dieron la mala noticia hace ya 7 meses.

                Estoy libre hasta dentro de la próxima revisión, en tres meses. Soy consciente de que el Linfoma se ha ido, pero puede volver. Es algo que siempre me acompañará toda la vida, como la cicatriz del cuello, o el pequeño punto de catéter en el brazo.

                De momento la filosofía pasa por disfrutar cada día que las revisiones permitan, mirando atrás para ver cada vez más lejos este capítulo duro y difícil.

                Ahora tengo que agradecer muchas cosas, a mucha gente. No voy a escribir una lista interminable ahora. Pero cada trocito de ánimo está a buen recaudo dentro de mí.

                Esta mañana salí a correr por primera vez en casi 11 meses. Se lo debía a la afición que la casualidad quiso que sirviera para dar con esta enfermedad a tiempo. Tres kilómetros. Apenas tres kilómetros me ha dejado mi cuerpo terminar. Pero menudos tres kilómetros. Cuando terminé ya exhausto, manos apoyadas en las rodillas, en la puerta de casa pensé:

 

Un pasito menos, un pasito más.

Image

Ya nos empieza a crecer el pelo a los dos!!!

 

 

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18 thoughts on “The show must go on

  1. Que grandes noticias. Enhorabuena. Esos tres kilómetros son el principio de muchos más que vendrán, cargados de salud y alegría. Alberto Go Go Go

  2. Cuánto me alegro, Alberto. En cuanto te pongas te enganchas a los de post-mapoma, que estamos igual que tú… Muchísimas felicidades!

  3. Ey! Como ese super pelo que te está saliendo ya te podremos regalar viseras en lugar de gorros!!! jajajaja. Mis bromas a parte…ya me se caen a mi las lágrimas por ti! Me alegro mucho familia!

  4. No podía ser de otra manera, este es el resultado más bonito que he oído en mi vida… ahora a disfrutar mejor de nuestro día a día y como siempre p’alante con todo lo que se nos ponga por delante. Bea

  5. Oeoeoeoeoeoeoeoeoeoeoeoeoeoe!!!

    ¡¡Que gran lunes y que buenísima foto!!

    Eso es, un pasito más…y otro…y otro.

    Un abrazo enorme.

  6. tremendo noticia alber y ya sabes esperando estoy a que me digas donde y cuando ahora que todavia podre mantenerte el ritmo hasta recuperes la forma ahhhhhh, preciosa foto un abrazo enorme.
    brad

  7. Da gusto leer tan buenas noticias. Enhorabuena!! me alegro un montón de esta gran noticia! ahora comienza una nueva y prometedora carrera para tí!! seguro que a partir de este momento todo son buenas noticias. Un abrazo.

  8. Que gran noticia Alberto. Enhorabuena!!
    Cuanto me alegro que por fin haya llegado el post que todos deseábamos leer.
    Esos 3 km solo son el principio de los miles y miles que te restan por hacer.
    Coincido con los compis en que la foto con la que cierras la entrada es preciosa.

    Un fuerte abrazo

  9. Enhorabuena Albert por esa lucha durante todo este tiempo y sobre todo por salir victorioso si es que eres un grande

    Y tres kilómetros?!?!!

    Tenemos pendiente ese rodajito/paseo ehhh

    Un fuerte abrazo compañero

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