The show must go on

 

El enfermero me ha acompañado a una sala minúscula con un sillón reclinable y una mesita de acero inoxidable con una jarra de agua encima. Me pide que me siente y me tumbo cogiendo una posición cómoda, que me permite relajarme. Al rato vuelve con un extraño aparato que conecta a la vía que me han puesto antes en el brazo. Con un pequeño movimiento sobre dicho aparato me introduce en el cuerpo la cantidad de Fluorodesoxiglucosa acorde a mi peso. Cuando termina, sale corriendo como alma que lleva el diablo. Anteriormente me ha explicado que debo estar relajado durante al menos 45 minutos y beberme toda la jarra de agua. Nada de teléfono móvil ni ningún tipo de conexión con el exterior. Durante las siguientes 12 horas no podré acercarme a niños ni mujeres embarazadas. Me he convertiré durante esas 12 horas en un pequeñito emisor de radiactividad, gracias al radio fármaco que me han inyectado. Cuando se va sólo queda una tenue oscuridad, silencio, el vaso de plástico y la jarra con agua.

Pasa el tiempo lentamente, no puedo dormirme. Trato de distraer la mente en los pensamientos más disparatados. No estoy nervioso, ni tengo miedo. Me mantengo en un estado de inconsciencia voluntaria, tratando de pensar que todo esto que pasa no va conmigo. Esta inconsciencia me defiende a ratos de mantener pensamientos que minen mi día a día.

Al rato llega el enfermero y manteniendo siempre una separación de al menos 3 metros de mí me pide que le acompañe a la sala del PET TAC, no sin antes pasar por el baño para aliviar parte de los dos litros de agua que me he bebido. Me siento un zombi, al que todas las batas blancas rehúyen. Pero simplemente soy un paciente infiltrado con un radiofármaco.

El PET no es otra cosa que una Tomografía por Emisión de Positrones y permite estimar los focos de crecimiento celular anormal en todo el cuerpo, así como conocer la respuesta del mismo al tratamiento. Para ello se usa el radio fármaco que anteriormente describí, de modo que dicho contraste se concentre en las zonas donde exista actividad anormal. Eso, visto en la “foto”, permite al técnico de medicina nuclear determinar si existe o no respuesta al tratamiento.

La máquina es como la de los TAC que ya conozco. Desde un cristal tres personas con batas blancas me dan las instrucciones para que me coloque dentro de la “lavadora”, como la llamo yo. Me tumbo y empieza la exploración. El anillo interior de la lavadora comienza a dar vueltas, emitiendo imágenes de cortes de mi cuerpo como si fuera un chóped. Tumbado, brazos arriba, la posición comienza a ser incómoda a los quince minutos. No puedo moverme, y empiezo a sentir lo que debe ser los comienzos de claustrofobia. Me concentro todo lo que puedo en no moverme, no es cosa de fastidiar el PET, no tengo ganas de volverme a sentir un paciente infiltrado. Por fin, pasada más de media hora he terminado.

Me dicen desde detrás del vidrio que me puedo marchar, que los resultados me los comentará mi doctora.

Lo saben. Yo sé que ellos ya lo saben. Allí detrás del vidrio ya saben qué paciente está bien y qué paciente lo tiene jodido. Por supuesto, entiendo que ellos se limiten a facilitar los datos a los doctores de cada paciente, siendo éste último el que interprete y decida. Pero sé que ellos lo saben. Intento mirarles a los ojos directamente, escudriñando una mirada un mensaje que me diga algo. Incluso intento leerles los labios cuando miran al monitor, pero vuelven a repetirme que puedo abandonar la sala. Habrá que esperar.

Paseo mis 12 horas radiactivas por los menos lugares posibles. Bea y los niños pasan la cuarentena en casa de su hermana, y yo me limito a escoger el taxista de más edad que puedo para que me lleve a casa. No es cuestión de radiar a un jovencito. No pasa nada, pero nunca se sabe. Menos mal que cuando llego a casa me concentro fácilmente en el trabajo y paso esas horas entretenidas.

Tengo que esperar 10 días para ver a la doctora y me de los resultados. Con la Semana Santa, y unas merecidas vacaciones de por medio, unidas a mi inconsciencia voluntaria los días pasan rápido y felices. Estoy caso seguro de que todo va a salir bien, pero siempre quedan resquicios de preocupación por lo que pueda venir. Me imagino cienes de veces el momento en que entramos en la consulta de la doctora y las palabras con que nos transmite un buen o un mal resultado. Al final estos pensamientos nunca se ajustan a la realidad, pero no puedo evitarlos.

Por fin llega el día D, la hora H. Bea está nerviosa, yo también y cuando estoy nervioso no me gusta hablar, pero Bea cuando está nerviosa sí, así que como ya está acostumbrada se limita a comentarme los últimos acontecimientos de la vida familiar sin esperar que yo le responda mucho. Me gusta que me conozca y respete/aguante mis manías, no me ha dejado ni un momento sólo estos seis meses y eso es algo que va más allá del amor o del querer.

Para empezar la doctora se ha mudado a la consulta contigua, así que todo lo que me había imaginado que pudiera pasar, ya se ha venido al traste, el escenario no es el mismo. Se cumple mi teoría de que jamás las cosas suceden como te las imaginas.

Nos llaman y entramos decididos.

                Han sido meses duros. Difíciles. Y que los siguientes meses lo continúen siendo dependen de esa sucesión de ceros y unos que una máquina que lonchea el cuerpo humano emite a través de un cable a una pantalla de ordenador que un técnico en medicina nuclear tras años estudiando la carrera y formándose en un hospital, interpreta.

                Bueno, oficialmente estás en revisión. Esa es la segunda frase que la hematóloga nos comunica después de darnos los buenos días. Automáticamente mi mente desconecta, se desenchufa y no puedo más que ver a la doctora mover los labios sin oír nada de lo que dice. Mi mente es un montón de pensamientos atorados que explotan y se chocan unos con otros. Son pocos segundos, pero al rato me recupero y consigo pedir perdón a la doctora para que vuelva a repetir todo aquello que ha dicho después de la palabra revisión.

                Está todo bien, el PET TAC me ha sacado todos mi achaques, pero de momento no hay rastro del Linfoma. En varios momentos estoy a punto de llorar pero me reprimo. Lo siento, sé que muchas veces me esfuerzo demasiado en mantener este rostro hierático que no puedo evitar, pero por dentro soy una catarata de emociones divididas.

                Salimos de la consulta y nos fundimos en un abrazo. Yo todavía estoy un poco en shock. Siempre me ha costado reaccionar a la primera. Los momentos que siguen son igual de difíciles de explicar que los que precedieron cuando me dieron la mala noticia hace ya 7 meses.

                Estoy libre hasta dentro de la próxima revisión, en tres meses. Soy consciente de que el Linfoma se ha ido, pero puede volver. Es algo que siempre me acompañará toda la vida, como la cicatriz del cuello, o el pequeño punto de catéter en el brazo.

                De momento la filosofía pasa por disfrutar cada día que las revisiones permitan, mirando atrás para ver cada vez más lejos este capítulo duro y difícil.

                Ahora tengo que agradecer muchas cosas, a mucha gente. No voy a escribir una lista interminable ahora. Pero cada trocito de ánimo está a buen recaudo dentro de mí.

                Esta mañana salí a correr por primera vez en casi 11 meses. Se lo debía a la afición que la casualidad quiso que sirviera para dar con esta enfermedad a tiempo. Tres kilómetros. Apenas tres kilómetros me ha dejado mi cuerpo terminar. Pero menudos tres kilómetros. Cuando terminé ya exhausto, manos apoyadas en las rodillas, en la puerta de casa pensé:

 

Un pasito menos, un pasito más.

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Ya nos empieza a crecer el pelo a los dos!!!

 

 

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De todo se sale

Se hace eterno el tiempo que tardo en cerrar la puerta del hospital de día. Me fijo en cada movimiento de mi mano blandiendo la manilla de la puerta, empujándola, y escuchando el click del pestillo al cerrar la puerta completamente. Doce chutes, seis meses, concentrados en dos segundos interminables al cerrar la puerta.

Me he despedido de las enfermeras, sin que mi estado físico, ni mi emoción pudiera expresar nada más que un par de besos, cuando lo que en realidad quería era contarles lo agradecido que estoy y mi reconocimiento a una labor que les exige tanta destreza emocional como habilidad instrumental.

Reprimir el vómito me hace pasar dos días enteros con la mandíbula apretada y en tensión, causándome luego un dolor que me dura casi una semana. Espero que esta vez sea la última, el último chute. De momento sólo tengo que esperar una prueba más para ver el estado de las células tumorales. Si todo va bien, después me tocarían controles rutinarios, espaciados en el tiempo según vaya dejando atrás esta pesadilla.

Estoy deseando cruzar la barrera de los 15 días sin recibir quimio en el cuerpo, para experimentar como todo vuelve a su ser. Ver como mis manos y mi piel recuperan la vida, como me vuelve a crecer el pelo y como las defensas y las hormonas vuelven a sus niveles normales. Ver como llega el final del día y no me siento roto, sentirme de mejor humor, en fin. Me gusta despedirme del Primperan, del Ondansetron, del Septrin, y del Alopurinol, que espero pronto tenga que sacar del botiquín porque hayan caducado. Espero decirle adiós a la Adriamicina, a la Bleomicina, a la Vinblastina y a la Dacarbazina, y rendirles honores por el servicio prestado y por haberme sacado el bicho de cuerpo.

Deseo que las cicatrices del cuello por causa de la biopsia, y del brazo por el catéter, nunca desparezcan para recordarme y ordenarme la pirámide de prioridades en la vida cada vez que pierda en nimiedades de poca importancia. Nunca he sentido necesidad de hacerme un tatuaje, me parece que las marcas en la piel que da la vida ya cumplen su misión perfectamente, el resto es tinta sin sentido.

Deseo corresponder a todas las muestras de apoyo, recibidas por cualquier medio, en cualquier momento y con cualquier palabra. De verdad que han sido y son un apoyo indispensable. Lejos, cerca, en voz alta o en voz baja, cada palabra de ánimo sirve, no lo dudéis.
He cerrado la puerta del hospital de día, no sé si por mucho o por poco tiempo. El caso es que “de todo se sale”, decía mi abuela. Y ahí, agarrado a esa frase como si mi vida dependiera de ello he pasado estos últimos seis meses.

Un pasito menos, un pasito más.

El comienzo del fin, el fin del comienzo

Cada vez queda menos de mí dentro de mí. Los ciclos pesan fuerte en mi aspecto físico. Me siento vacío, las energías flaquean, los achaques se hacen visibles. Me desgasta. La quimioterapia desgasta. El tiempo se hace perenne y pesado en la cabeza, y ya son cinco meses. La cabeza da vueltas y vueltas a pensamientos sin sentido. El llanto aparece con más asiduidad, la impotencia se hace constante. Las cosas con sentido dejan de tenerlo. Los sinsentidos se vuelven probables.

Queda menos, apenas un mes para librarme de esta “condena”. Cada día que pasa es una victoria, quiero llegar, y quiero pensar que todo pasa, que el tiempo se lleva en sus instantes cada uno de los malos momentos que parecen imposibles de olvidar y se mantienen en la memoria para que cuando disfrute de salud, cada sorbo de la vida me sepa mejor.

Este proceso desgasta. Física y mentalmente. No hay un solo día que no piense en la enfermedad. Ni uno sólo. Un cáncer desgasta. A quien lo posee y a su alrededor más cercano. Yo mal que me pese tengo la enfermedad, y mis familiares más cercanos la sufren a su modo. Un cáncer desgasta. Desgasta la vida en pareja, la relación con tus hijos, padres, familiares cercanos,…

Pese al desgaste, tengo la suerte de haber elegido para compartir mi vida a alguien con una fuerza infinitamente superior a la mía. Ella sola es capaz de ocuparse de nuestros hijos, de mí y sacar adelante la familia día a día. Y lo hace con tal dedicación, que no tengo dudas de que elegí la mejor de las personas, la que más quiero cada día que pasa. Ella sufre más que yo conmigo y yo sufro con ella. Hay amores que se incendian con besos, se alimentan de abrazos y se propagan con gestos. Y no hace falta que diga que este es uno de ellos.

Sólo me faltan dos chutes para completar los ciclos que tengo prescritos. Guardo en la nevera una botella de cava para celebrar el fin de la quimioterapia. Tengo tantas ganas como achaques físicos. Los ánimos me ayudan a continuar, me ayudan a pasar cada día mejor. Al final de todo esto me quedaré con los pedacitos de cariño y ánimo que recibo, esperados e inesperados, cercanos o lejanos, vengan de México o Dubai ( 😉 Vicen & Nacho) o vengan simplemente de personas que apenas conoces.

Es duro empezar, mantenerse continuar y llegar al final. Es duro, pero con amor, cariño y ánimo es menos duro. Gracias de corazón.

Un pasito menos, un pasito más.

Espera

El ascensor sube lento. Eterno. Es sólo un piso, pero estos meses le he cogido tirria a las escaleras, me cansan enseguida. La puerta del ascensor se abre con más parsimonia que nunca como si quisiera jorobarme, seguro conocedor del ansia que tengo por llegar a la consulta de la doctora y recibir los resultados del TAC que me hicieron hace una semana.

Mientras caminamos hacia la consulta pienso si existe algún mecanismo dentro del ascensor que detecte la prisa del usuario del mismo para así reducir la apertura de la puerta. Debe ser algo que se monta a posteriori porque he visto montar unos cuantos ascensores en las obras.

Recojo mi número en la secretaría del servicio de hematología, y me siento con Bea a esperar. Normalmente soy poco hablador, y si además estoy nervioso o le estoy dando vueltas a la cabeza lo soy menos todavía. Menos mal que Bea me conoce. Los números de turno pasan a la misma velocidad que la fila que escogemos en el supermercado o tu carril en una carretera atascada.

Me pongo a repasar mentalmente temas de trabajo, no me apetece leer ni jugar con el móvil. Me entretiene reorganizar mentalmente la obra en curso, asegurarme de que tengo todo el mundo preparado para entrar en su momento. Me río al recordar las palabras que me contó hace dos días un trabajador uruguayo: “Vos, cuando te recuperés de las sesiones de cobalto, te venís a mi casa y te tomás un asado y te pillas una buena bolinga”. Sonrío. Después recuerdo que me también dijo que en el mundo se moría más gente por desilusión que por cáncer, pero que eso los médicos no lo reflejaban en las estadísticas.

Me quedan tres números para entrar, sé que después de entrar en la consulta tengo que pasar por el hospital de día a recibir mi sesión quincenal de quimio, y se me revuelve el estómago. Enseguida intento retomar mis pensamientos que se vuelven al papelito donde figura el número y el apellido de la doctora. Sonrío pensando en las bromas que habrá tenido que soportar la doctora por lo peculiar de su apellido. Pienso que yo también sufrí lo mío en la EGB con el mío.

Espero que hoy me de buenas noticias, son ya tres meses de quimio, seis pinchazos con sus respectivos días chungos, unos más que otros. El pelo se me cae bastante más en determinadas partes del cuerpo, que en la cabeza y las cejas, tengo las uñas casi negras y ya no puedo ni ver ni oler el café ni el puré de verduras, la primera comida que vomité. Me paso los pinchazos deseando que se pasen los efectos para poder beberme con gusto una cerveza. Los gin-tonics entran excepcionalmente bien, como pude comprobar en la cena de la empresa. Será la quinina de la tónica, que además de proteger contra la malaria, parece que asienta bastante bien el estómago.

Ya queda menos. Sé que Bea está más nerviosa que yo, y me mira raro cuando me ve sonreír, metido en mis pensamientos sobre trabajo, recuerdos de colegio y gin-tonics. Hace unos años Bea me hubiera preguntado en que estoy pensando, pero como suelo responderle la verdad, por peregrina que sea, ya no lo hace tan a menudo, cansada de mis empanadas mentales, historias del trabajo, o chistes fáciles.

Al fin ya nos toca, sé que ver de primeras la cara de la doctora no me va a revelar ningún dato, en eso es profesional, sonrisa correcta y trato muy agradable. Y al fin los primeros resultados. Todos los ganglios ha vuelto a las dimensiones normales, excepto uno que de 30mm ha pasado a 13mm, le queda un pelín para alcanzar la normalidad. Buenas noticias, la quimio está funcionado. La medicina va ganando el partido y dominando el juego. La enfermedad de momento sólo ve pasar el balón de un contrario a otro, tiki-taka, y la medicina ha cogido una buena renta de goles. Ganar el partido está más cerca, la táctica funciona y sólo queda rematar el encuentro.

Con esto, la doctora me dice que hay que consolidar estos buenos resultados, por lo que no me libro del resto meses que me quedan de quimio según el plan (hasta finales de marzo). Ya sé que funciona, lo que hace ver el horizonte bastante más alentador.

Nos alegramos Bea y yo, aunque no mostramos expresiones evidentes de ello. Es mucho lo que estamos llevando en nuestras mochilas, y sólo el alivio completo nos hará pensar en todo lo que estamos viviendo y pasando y desprendernos de muchos sentimientos y emociones contenidas.

Seguimos en la brecha, el partido continúa, queda la segunda parte y continuamos con la moral alta y las mismas ganas de siempre de vivir el día a día.

Feliz año a todos.

Un pasito menos, un pasito más

Invencible

 Sin darse cuenta, sin pensar en lo que estaba pasando delante de sus ojos. Lo veía, pero no lo entendía. No podía ser, no le podía pasar a él.

 

Se atusó el pelo, llevándose consigo un buen manojo de cabello. Ya están aquí los efectos secundarios, pensó. Quizás sean los años. Tal vez a mí no me afecte, quizás mi cuerpo sea inmune a los medicamentos. Todos nos creemos únicos, y con frecuencia tendemos a creernos invencibles. Nada más lejos de la realidad. Bajó la cabeza y apoyándola en los codos miró fijamente la ventana. Llovía y olía a tierra mojada. Y como si del propio olor surgiera vinieron a su mente un patio de colegio, y la arena mojada después de una mañana de lluvia.

 

Estaba en clase de gimnasia, y tocaba practicar salto de longitud. Tenía doce años, una camiseta de algodón y un pantalón tan corto como la moda de aquel entonces. Creía que podría saltar más lejos que cualquiera de sus compañeros de clase. Y la realidad le llevó lejos. Muy lejos de ser de los que más saltaban. Es pura estadística. Hay un porcentaje infinitamente bajo de posibilidades de que alguien destaque sobre los demás en sobremanera. No lo entendía. Buscaba su lugar en el mundo intentando encontrar algo en lo que destacar. Le gustaba saltar, correr y saltar y creía que se iba a pasar el resto de su vida haciéndolo.

 

La secuela más grave que le dejó aquella clase de gimnasia fueron unas rozadoras en las rodillas, y el olor a la tierra mojada que veintidós años después se coló por su nariz y le trasladó en el tiempo.

 

Volviendo en sí de nuevo, el tiempo que el olfato hizo suyo aquel olor para transformarlo en normalidad, diluyó aquel recuerdo de niñez y volvió a ensimismarse preguntándose cómo había llegado allí. Se preguntaba cómo había podido ser, como era posible que le hubiera tocado a él. La enfermedad siempre había pasado por su vida de manera momentánea y poco importante. Aunque se había roto unos cuantos huesos producto de su torpeza motriz, para él una enfermedad era algo que pasaba de largo cada cierto tiempo en forma de mocos o fiebre. Ahora no comprendía porque la enfermedad había llegado para quedarse. Porqué a él. Y porqué en ese momento. Son dos “porqués” muy duros. Los más duros a los que se había enfrentado en su vida. Él, que egoístamente creía que este tipo de cosas pasan de largo, o pasan lo suficientemente tarde como para que al menos te haya dado tiempo a saltar y correr, a correr y saltar.

 

Así, miró nuevamente por la ventana buscando el olor a tierra mojada al que su nariz se había acostumbrado, evocando aquel salto de su niñez. Y se imagino cogiendo otra vez carrerilla, y corriendo con todas sus fuerzas y saltando. Su mente se congeló en el momento que estaba en el aire. Y respiró. Lo importante no era cuanto de lejos fuese a caer después del salto. Lo importante era que había puesto todas su fuerzas, toda su rabia canalizada en ese salto… Y allí en el aire, esas milésimas de segundo, eran su éxito. Ese momento. Libre, su cuerpo, y su mente eran uno para conseguir llegar lejos. Con doce años cuanto llegues de lejos importa mucho. Aunque en aquel momento no se dio cuenta obsesionado por los metros que marcaba la cinta métrica, ese salto había llegado más lejos que cualquiera de sus compañeros. Según la cinta métrica estaba muy lejos del primero de la clase, pero lo que no comprendió es que ese salto había viajado veintidós años en el tiempo, a través de ese olor a tierra mojada. Ese salto voló hasta su mente, para hacerle ver lo lejos que somos de ser invencibles. Ese salto viajó veintidós años para dejar ese poso de realidad en la cabeza, y ese olor a tierra mojada.

 

Feliz Navidad a todos.

Poco hecho, por favor.

Estos días he seguido con el tratamiento prescrito. El único cambio reseñable es que la novedad de los comienzos se ha transformado en un sentimiento mezcla de resignación y espera. Así, los días se transforman en un ciclo que va de quincena en quincena en los que tengo tres días “chungos” y el resto son más normales.

El chute del pasado Jueves confirmó que mi cuerpo, y sobre todo mi cabeza, ya se han hecho a estos ciclos. El mismo día del chute, ya tenía mal cuerpo y ganas de vomitar. Evidentemente era psicológico, ya que antes de entrar en el hospital de día es el momento en que el cuerpo está más vacío de sustancias, pero ahí entra en juego la cabeza, que ya sabe a lo que va. Total que el pasado jueves fui la “estrella” del hospital de día y gasté unas cuantas bolsas de plástico…

A lo mejor lo que cuento y voy a contar no es lo más agradable del mundo, o quizá haya quien piense que no está bien contarlo, pero me parece que es justo contar lo bueno, y parte de lo malo también. A mí me sirve de desahogo, y los que lo leéis, basta con dejar de hacerlo si no os gusta.

Bien, pues paso a describir como paso esos tres días “chungos”. Nada más recibir el tratamiento en el Hospital de Día dice Bea que me cambia la cara. Y es cierto. Comienzo a sentir cierto malestar en el cuerpo que va aumentando de manera progresiva. A los pocos minutos y a pesar de las pastillas que tomo empiezo a sentir náuseas. Pero no unas náuseas normales, como las que se puedan sentir tras una comida indigesta o una noche de cubatas largos… Son unas náuseas más profundas, como si tu cuerpo se revelara contra algo. Así, ha habido chutes en los que he vomitado varias veces y otros ninguna, pero las náuseas son permanentes durante al menos tres días. Cuando se vomita, se suele hacer además en seco (o sea, nada), porque normalmente esos días como muy poco. Vomitar en seco es lo peor. Os lo aseguro, lo peor. Tu cuerpo quiere expulsar algo pero no puede… Y así hasta que se pasa. Son momentos difíciles, te acuerdas de muchas cosas, pero intento pensar que esto es así, que ya me lo conozco y que dentro de unos días estaré bien.

Esos días el malestar me hace estar cansado, sin ganas de hacer nada, más que deambular cual zombi del ordenador a la tele, de la tele al baño, del baño al ordenador, y así en un ciclo en el que además quieres hacer algo más, pero no puedes. Intento salir a la calle si realmente tengo fuerzas, aunque no me apetezca, por el mero hecho de cambiar la rutina.

Son sólo tres días, de jueves a sábado. Normalmente, si el sábado por la tarde-noche dejo de sentir náuseas , me cambia la cara, y le digo a Bea que nos pidamos una pizza y nos quedamos viendo un capítulo de Breaking Bad en plan padres solteros (los chicos suelen dormir esa noche en casa de sus tíos). Para mí ese es el mejor momento. Simboliza el fin de los días chungos y el comienzo de la vida normal. Y soy feliz con mi Bea, la pizza y la serie. Luego ya retorno a la vida normal, al trabajo que me mantiene con la mente en forma y distraído de preocupaciones, centrado en seguir aportando la normalidad que hace que lleve mejor la enfermedad.

Eso son los tres días “chungos”, en lo que se refiere a la parte física. La mental, me la reservo, ya que pienso que cada uno somos un mundo y los pensamientos que tenemos en esos días son complicados, enrevesados y casi siempre poco felices.

Llevando ya un tercio del tratamiento, el “current status” puede ser el siguiente: parte física muy bien, análisis de sangre correctos, peso correcto, eso sí, con menos pelo en la cabeza y en la barba. Parte mental bien, ya hecho a los ciclos, distraído con el trabajo.

Ahora deseando alcanzar el ecuador del tratamiento.

Un pasito menos, un pasito más.

Pequeños detalles

Hoy hace un día estupendo en Madrid. Son de esas cosas en las que me fijo más de lo que lo hacía antes. Un día estupendo para pasear, hacer deporte, o simplemente sentarte en una terracita a tomar algo. Un día de esos de otoño, en los que el sol brilla y calienta lo suficiente como para alzar la cabeza, respirar hondo y sentir como te baña de claridad cada rayo que el sol te regala. Un día estupendo, fresco, soleado, en los que el aire sopla lo justo para avisarte de que estás en otoño, pero que no te hace sentir frío. Un día perfecto para disfrutar de cada hoja seca que pisas, y relajarse caminando sin rumbo fijo.

Un día estupendo si no fuera porque me acaba de dar el chute correspondiente, y el cuerpo comienza a revolvérseme.

Hace un día estupendo, pero que tampoco va a disfrutarlo la compañera que me ha tocado al lado en el hospital de día, que no ha recibido buenas noticias hoy y mañana la van a ingresar.

No es mi intención ponerme pesimista, ni melancólico, sino intentar expresar las pequeñas cosas que cada día se nos escapan (se me escapaban) y pasan a nuestro lado sin darnos cuenta. Bien porque suceden tan a menudo que las dejamos de valorar, bien porque nos preocupamos de otras que no dejan que las veamos.

A mí últimamente me pasa mucho. Siempre pido la ventanilla cuando cojo el tren (y últimamente lo cojo mucho). Y me voy fijando en esos pequeños detalles. El sol deslumbrándote, las hileras de vides perfectamente alineadas, los niños camino del colegio, el pastor y su rebaño, un jinete a caballo, un ciclista, etc.

Estos pequeños detalles que se llaman, para mí son grandes sensaciones, os lo aseguro.

Un pasito menos, un pasito más.